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joseluistrullo

ESTADO DE EMERGENCIA (2004)

Ambivalencia

Con la propia inmadurez de entonces
Con la senectud ya conquistada
Con los errores, y los triunfos a fortiori
Con el resultado del proceso, sea cual sea
el signo provisional que le atribuyas:
ni comprensión,
ni condescendencia.

Tan sólo un leve
desplazamiento de la cabeza…
hacia un lado… hacia el otro…

Crisálida

Crisálida
de la mañana sin porvenir:
contracción que se supera
en las aguas, en la afluencia
que va a seguir al estatismo
estatutario del estigma.

Vindicación de la alborada
que ya se anuncia, no con signos,
ni con presagios: imaginaria
tan sólo, se ha desplegado
en el hemisferio contrario, allí
donde empieza a retirarse el frío
y el viento es otra forma de vivir.



Estallido

No asistirás al estallido
del huevo en lo alto de la montaña,
ni cómo discurre la yema
ladera abajo, hasta la cascada:

habrás de limitarte
a la visión —remota y despegada—
del telespectador:
frio por fuera y, en la cara,
el rictus profano de una sonrisa
siempre en su cascarón.



Lluvias

Lluvias: para los campos
calcinados de septiembre,
para el pastor cansado de beber
en pellejos, para las ranas
y el vendedor de paraguas.

Bendición: para mí, el de la frente
reseca por la espera, el eterno
aspirante a la inmersión completa,
el de las manos en cuenco y la sal
en cada herida.

Indulto para este
vagabundo de la sabana, con pasado
y, enfrente, la extensión de la mañana
aún por navegar.

Descendencia

Reinvento al niño en la cuna
que no tuve, y lo amamanto
con mis dos ubres astutas
—las que subvierten el orden
de la crianza, y anteponen
el ser que evoca al ser que es.

Fabulo los retornos
de la descendencia que no tendré
y que no añoro: yo soy yo,
mi propio padre, y desconozco
estirpe alguna en que creer.

Mi fe reposa en la evidencia
de que el origen es el final,
los viejos sueñan a sus nietos
y es la familia una cuestión
de la mente, únicamente
—esa Gran Madre sin marido
a la que sobran los pretendientes.


Recuerdo del agua

Se desmenuza en terrones
el prado posterior a la borrasca:
su nostalgia le parte por dentro
el recuerdo del agua.

Anabaptismo

No seré yo quien te bautice,
órgano sin brazos:
no te voy a conocer
sino en augurios inconcretos, en fosforescencias,
en parpadeos para los cuales
el nombre sería un desconocimiento;

no he de elevarte, cuerpo
deforme hasta la altura
aplastante de la designación:

si he de llegar hasta ti,
si te he de servir, voy a velarte
así como te me presentas

—inculto, abrumador y deslizante
ser que no se sabe.



Expectación

Los zapatos
gastados
La chaqueta
gastada
El mirar
gastado
Los andares
gastados
Las quimeras
gastadas
El camino
gastado
Los puertos
gastados
La energía
gastada
y no repuesta
La perspectiva
gastada y plana

El sueño
gastado,
insomne

Los gestos
gastados, vacíos

La palabra:
aún expectante.

La llama

Nutre la llama que no decrece,
ni se extingue ni va a más:
refléjate en lo siempre igual
para mudar constantemente.


Confín de lo impensado

Se hace camino sentado,
mientras se fragua
la remota orientación de la mañana.

Se empieza a volar
corriendo hacia atrás, como quien salta
por sobre sus propios cálculos.

Se vive aguardando
una señal —al cabo postergada
en aras de la posibilidad.

Retraerse es dilatarse
hacia el confín de lo impensado.



Reducción

Reducción:
yo la llevaré al límite.

Mengua: la quise
y padecí con ella
los avatares difusos.

Extrema unción:
me fue prometida
y aún la espero, yo,
en este purgatorio

desflorecido.



Anfibiología

Tigre o dragón, no: anfibio
que avanza sigiloso por el interior
de la laguna.

Imposible imaginar
si se dirige a tierra firme, o nada
para sumergirse luego hasta los fondos
limosos de la negrura.

Ave o reptil, tampoco:
huevo que los hermana
en la definición incierta, en la exacta
basculación del ser y la mañana,
allí donde las especies
desconocen todavía su qué y su cómo.

Murciélago, rata, gusano
y rana: corolario
de la transformación
y epitafio de la Nada.

Deterioro

Deterioro: de las fuerzas
reservadas sin un fin preciso,
de la corriente principal
de un espíritu que cae lento
en su modorra — de la razón
de ser de la espera y su contrario:
la sacudida
del paisaje por el vendaval.

Acabamiento
en la visión de los desechos, en el ámbar
fragmentado por la piqueta,
en lo raudo y falaz.

Inquina de los denuedos
insostenidos.

Lasitud del acabarse.

Acrimonia por seguir estando,
y por decirlo.

Ensañamiento...

Globo-sonda

Globo-sonda
es mi mente tendida hacia el sentido
más lejano al referente:
prospección
alada de la imposibilidad,
viaje ficticio
en dirección a lo real

(medio sagaz,
medio demente): boda
de lo divino y lo terrestre,
epítome de la unión.


Lucidez

Argüir quimeras —escanciar
proyectos irrealizables:

darse a la imaginación
estructurada de lo informe

desmantela

la frágil tapia de lo archisabido
en aras de un lucidez
aún no contrastada.

Sábado ralo

Sábado plano,
sin misterio ni rotundidad.

Sábado húmedo, tórbido,
restregado de andaduras
ajenas, insensible
al movimiento ulterior.

Sábado ralo,
día de medio pelo, de ladridos
embozados, de esperar que escampe

Horas sin horas

Esputos del tiempo
a la cara del espectador

—ni creado,
ni creador : apéndice vano,
este sábado cegador.

Animal de los fondos


Animal de los fondos,
de los limos inmundos de la sal
incrustada en la rocalla
del mobiliario.

Ejemplar
de las superficies táctiles,
donde las rayas se tumban
y el tiempo viene a posarse
como el papel,
como el sinfín
de la imagen luminosa frente a la cual
los ojos no pueden cerrarse.

Concreción en la tierra de las aguas
desbocadas —Inhábil delegado
ante el mundo de lo no existente:

epítome del zapador,
yo represento
el desenlace de las búsquedas desesperadas.


El contacto con las fuentes

El contacto directo con las fuentes,
con la lava recién colada en los filtros terrestres,
que todo lo purifican

La vivencia inmediata del apogeo

Los incidentes cuya relevancia
aún conmemoro, y el arroyo
frío que desciende:

la Gran Restauración,
yo aún la imploro.


Inanidad

Me ilumino de pequeño:
en esta inanidad
que es sólo mía, una cerilla
basta para alumbrarme.

Luna nueva

Últimos lengüetazos
del amarillo en la pared:
la llama falsa alienta
en el espectador las utopías
de la inminente luna nueva.



Secos los ríos

Secos los ríos
Licuadas las cumbres

El bosque, reducido
a su antigua podredumbre

Niebla a la lumbre
de este valle sin motivos:

el sol no encendido,
a la luna no le incumbre.



Apuesta

La apuesta es por el abismo,
por el arsenal
almacenado sin disparar siquiera:

el reto es no presentarse
al ritual de las ausencias
y sumirse en el mutismo
como quien canta una canción.


Maduración

El punto exacto de maduración
de la fruta antes de cosecharla
para la exportación, no lo conozco

Ignoro la forma que adopta el cadáver
en el preciso instante de cesar
de fluir la sangre en su interior frío

No sé cuál es la contraseña para acceder
al reino que no hay, ni si en mi palabra
vuelan las aves o el reptil serpentea

Para estar a la altura de ese saber, tendría
yo que hacerme a un lado, y verlo todo
desde el afuera de mí —de mi impaciencia

atávica, de mi clásica precipitación
improductiva, y de mi estar remoto
en los limbos de la vida, sin Dios ni amo:

el ojo en la mano,
sin nosotros ni yo.

Inconcreción

Ser llevado,
sentirse llevado, y trasladarse
a lomos de una centella
—de la ocasión refulgente
en la que todo conmina al abandono,
a soltar, a oponer,
a desgajarse de uno mismo e indagar
la vasta inconcreción del porvenir.


Majestad

La ocasión hace al ladrón
de palabras, donante anónimo
del sentido que le sobra.

El instante troca en autor
al plagiario invetereado: basta
con que se lea hacia adentro, y no

en voz baja, la canora
apelación de su hermano antónimo,
Su Majestad el Lector.


Todo al cero

Todo al cero,
al valor mínimo
de donde todo bebe
y adonde todo vuelve

Todo al misterio
de la luz blanca y redonda,
leche primaria en la que veo
condensado el tiempo que no hay

Todo a la nada
informulada, a la inconcreción
que mañana ha de germinar
en nuevas formas transitorias,
en cortes, en heridas
que sanarán al amanecer,
cuando ya no se recuerden

Todo a la muerte, que se anticipa
con cada apuesta desquiciada, y abre
insólitas ventanas en la pared
del matadero

Todo en todo arriesgado, permanece
nada en nada superpuesto
—como la sombra, como la sed:
constantemente.


Astro

Carente de la atmósfera
propicia para gravitar, tu astro
se apaga en su órbita vacía:
ni atraído, ni repelido,
su cuerpo no pesa
lo bastante para este mundo
falto de trayectoria.


Intermitencia

Intermitencia:
código de la luz
en su estado catártico.

Parpadeos: episodio
necesario a la visión
y redundante a la ceguera.

Desamparo:
guiño
de Dios.


No llueve

No llueve: no se decide
el agua a caer verticalmente.
Sigue embalsada,
retenida en un lugar
plano por completo, sin comunicación
con este páramo reseco
y sin pendientes.


Ahora y siempre

El tiempo no transcurre
en la burbuja nevada:
allí siempre es invierno,
y la fogata está encendida
con un trineo hundido dentro,
incandescente y no mortal.

Las horas se detienen
en el acuario primordial:
hay especies aún no extintas
junto a fósiles vivientes,
y todos coexisten en un AHORA
simultáneo y transversal.

La vida no es huida
sino un eterno presente
desde la atalaya supina
de la vista cenital.

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STAND BY (1998)

PROGRAMA PROGRAMA PROGRAMA

Apura en cuadro el sonsonete
la precisa concatenación
transformadora
Impulsa
hacia atrás la maniobra progresiva
en nódulos inexactos
en rizos y en diagramas
Funda por la base
el movimiento desheredado, la espiral
inerte
de la consecuencia inveterada
Una
una apenas bastaría
para invertir la adulación
en perpetuo devenir significante.

LA RUEDA QUE GIRA

Detén la rueda que gira
sobre su propio eje
autófago.
Detén la rueda que gira
sobre su propio eje
abolido.
Detén la rueda que gira
sobre su propia abolición
fundacional.
Detén la rueda que aboles
con la fundación primera
del primer día.
Abole la rueda que funda
primero el primer día
y luego todos los demás.
Funda el día primero
y luego todos los demás
en cascadas como ruedas.

CIRCUNV(O/A)LACIÓN

Dédalos asfálticos, acera, goma
que galvaniza las suelas solas
Surtidor exhausto de fotogramas
donde trepidan las hojas de lata
El día incauto y la espera boba
se van yendo con la luna oblonga
Aquí la cámara pondría distancia
a esta esterilidad extraña, tanta
Las calles dan siempre a otras calles,
calles sin fin andadas, desvarío, ayes
Plazas. Parques. Alamedas. Jardines.
Miradas. Requiebros. Ardores. Chismes.
Un tacto no añorado -la emulsión
que se atiene al encuadre del amor
En ti te precipitas, te levantas
contra ti y de ti mismo nunca escapas
Clavada la mirada al frente
en un conspirar sin suerte
contra las últimas tachuelas,
la calma postrera, sí, ellas.

PIÑÓN MECÁNICO

Se enzarza el pinón mecánico
en madejas en atajos en ovillos
Devora las hebras de oro colado
una tras otra tras otra tras otra
Mastica tritura deglute
tuercas tornillos y correas
por estricto orden de producción
Salta entonces el programa
de autodesprogramación controlada
y con un repiqueteo de gotas
de grasa primordial, de aceite,
se activan los dispositivos
una tras otro tras otro tras otro
de la total exclusión
concertada.

PROTOTIPO Y POSTERIDAD

Puertas-motor-carrocería
En la sucesión correcta
En el cálculo venerado
la réplica fidelísima
del prototipo original
Origen incierto
Caída en desgracia
aluvión de su auténtica
posteridad.

UNA ANÉCDOTA EN EL CIGÜEÑAL

Térmicas intensidades territoriales
Valores dinámicos respecto a cero
Procesos, gestiones, tabulación
de parámetros escrupulosamente esterilizados
Una anécdota en el cigüeñal
dividiendo por dos a la enésima potencia
del vaho corporal
Monitorizar es poetizar con ecuaciones
la información desde todos los puntos
Latitud y longitud traducen en índices
las volátiles rosas de los vientos
Puenteo el puntero de la grandísima puta
y un surco reblandece por los bordes
la orilla en principio inmune a la saliva
La ruina rugosa de las rojas realidades
se vuelve iracunda y viran voraces,
van virando hacia el vertedero
de la estática extenuación
retrospectiva.

(rau... rau...
rue... rue...
ahón... ahón).

MÍNIMA MENCIÓN MÚLTIPLE

La memoria maquínica de la metonimia
materializó en meras metamorfosis morfológicas
el melifluo mercadeo del merecimiento
modificando de menos a más la manumisión
de los modismos maltrechos por el moho.
Multitud de Moros Mean Mal
mientras ministros, muérdago y mandolinas
mandan en los minaretes moxibustionados
con la mejor de las malevolencias.
¡Maravilla de las maravillas!
Maastrich, Murcia y Madrid
muñen minas menoscabadas
tras miles de manos metidas a marimandón:
mucha más mierda manaría si el menda
mezclase las mieses con las mieles
y en magníficos mingitorios municipales
manejara mortajas, mancillas y mancebas
con malicia mimada del malhechor.
Mirad la mixtificación
cuando el modo mide el mundo:
Mondeo Marcilla Mimosín
Miraguano Mercedes Mistol.

LOS JERARCAS

Los mancos hacen y deshacen
en el sector del puño de hierro
Diseñan los tuertos los globos
oculares de última generación
Cien cojos encogen sus cojeras
en cajas de cojines y muy señor mío
Un descerebrado ha sido nombrado
capataz de los capataces capaces
Y a la cúspide rarefacta se arriman
racimos de rameras recogidas
en grupos múltiplos de seis.

STAND BY

Oscurecerse más, no menos
con la deflación cromática del otoño:
reinventar el amperio como medida
de intensidad orgánica
próxima a cero.
Abreviar, encogerse, menguar
con la memoria almacenada en previsión
de la fecha fatídica que siempre viene.
Admitir la suspensión
de la red por sobrecarga.
Reducirse con el crepúsculo eléctrico
a la mínima expresión del milivoltio,
toda vez que el CPU
quedó colgado allá en octubre.
Postular en ascuas frías
el retorno primero del último abril.

LAS CADENAS PERPETUAS

Docenas
de cadenas
perpetuas
de por para la transmisión
cercenan
la puerta
postrera
a la última resurrección.

LA ÚNICA DIRECCIÓN ÚNICA

Uncida la fuerza motriz
antaño desperdigada
hacia el polo norte ortodoxo
convergen los haces dispersos
en una única dirección,
en la flecha estática de los campos
de las fresas eternas
de los ríos magnéticos
con la ínclita y magnánima y redentora
misión de servir
de c-a-t-a-p-u-l-t-a.

ATOLLADERO DE LOS VIENTOS (1998)

I

¡Qué luz que me estás dando,
con la avaricia que te jactabas!
Una luz pródiga, repelida
por cadenas fortuitas de ventanas
y que, al cabo de la calle, vienen
a estallar en su desembocadura
-¡qué luz, la que me das!-,
junto a la mesa de las mañanas.

II

Envuelto en una película de grasa
y escoltado a lado y lado por lanchas autotripuladas,
el nadador
cruza a oscuras el canal
indómito hacia la cascada.
Sólo
el chapoteo cadencioso de sus manos
en la noche aún no rasgada.

III

La escala humana de la palma de la mano
-sueño del errabundo
cuando aferra su intemperancia
en demoras, en enclaves
que le privaran, mas sin fervor:
¿a dónde confinar los pasos
así librados de dirección?

IV

Varado en la ensenada de conchas,
tras sortear los arrecifes
de cuarenta días de alto,
el barco acabó hundiéndose en el puerto.

V

De lo intenso al intento
De la llama a la brasa
del frenesí.
De imprecar a implorar
Del soplo al lloro,
de la rama a la raíz
barruntaba el retorno de lo blanco
ante la extrema premura del final.

VI

Una confianza gélida
que no puede escurrirse ya.
Dedos que asen y sueltan con pericia.
Los músculos fláccidos,
la puerta retráctil, harta
de idas y venidas en torno al eje
de la codicia
-yaciente-
de lo inédito.

VII

Llevaba tantas miradas
suyas a cuestas que no la veía
ya sino en reflejo
de sus ojos encarnados,
en coágulo de intenciones.
El anhelo insatisfecho
se mudó en cristal
de roturas inviolables.

VIII

Estertor
o presagio de la conciliación,
vagan los signos
no interpretados por las tundras irresueltas:
se entregan sin cifra
al albur de la mañana,
no se yerguen, no podrían;
continúan desollando la ocasión
-ya perdida- de saldar
los vestigios despojados del augur.

IX

El paisaje lunar del mediodía
arderá en visiones trocadas:
impío se libera de las sombras
que abrigaron los murmullos.
Caerán los astros en pedazos,
faltos de aún. Exhaustos fines
cederán a la odiosa imprecación.
Sin tiempo, angosturas, valor
para negarse, humilladores.
La luz que prenda
cuando amaine
será entonces más callada:
el paso, por certero;
la hora, por apenas ya
extinta.

X

Me agarras al suelo
con la tenaza de los pobres
de espíritu. Impides
que me hinche de rocío
y por la mañana levite
la parte más aérea de mis huesos.
Eres lastre
y santuario donde velo la certeza
de mi despegue futuro,
ala mía.

XI

Trepar,
encaramarse a la atalaya
provista de escritorio-altar-retrete
desde donde divisar la puesta
del huevo al amanecer.

XIII

Donde la luz da la vuelta
y el milagro se hace altivo,
perecieron los intentos por volver
a marcar la distancia del ayuno.

XIV

Atolladero en que
los vientos se enzarzan
en un quítame allá una espera.

XV

Deglutir el absurdo votivo
como ofrenda a los tropiezos,
inconstancias, los márgenes
del destino casi perfecto.

XVI

El terrón se resquebraja
La sal amontonada en su regazo
Caen las minas en un dulce sopor
repiqueteado en cristal.

Un paisaje de dunas que voltea
Se desmorona la noche en derredor
Saben los grajos,
ellos saben.

XVII

Los reptiles sestean boca arriba
en la inmensa llanura inabarcable,
mientras va fraguándose un silencio
como de penúltima hecatombe.

Arde en la ladera una mata muda
sin maldito el perrito que le ladre.

Se acabó la provisión de espinas
y todas las coronas ya han asumido
que su destino era rodar y rodar.

Reparten folletos como cactos
desollados por la parte de enfrente.

La chinchilla, la chinchilla perece.

Pronto nos darán las uvas
y aquí pasan los días sin
sentir.

XVIII

Casi un agua filtrándose
por paredes calcáreas, la acción
de una pendiente insospechada,
el peso que se escurre
gota tras gota hasta
la deshidratación final.

XIX

Túneles que mudan en galerías
excavadas en el polen
Circulan vagonetas sin pasaje
por las vetas no exploradas
Una nube de gas nutricio
se pegó a la ropa del zahorí
Conejeras a plena luz
de los días sin fisura
Los rifles ya se han vuelto
hacia las bocas de la cueva
¡Dale un tiento, madre,
que la luna se ha manchado
con hollín!

EGO SUM (2004)

“Todos los días, yo soy
yo, pero ¡qué pocos días
yo soy yo!”

J.R. JIMÉNEZ, Eternidades, 56

CONDENACIÓN

Mala cosa es el vivir
cada cambio como estrago,
y lamentarse, tú que antes
celebrabas la muerte como alta
redención de cada instante
en la luz que lo bañaba.

Gran tristeza, el admitir
que el tiempo se viene a menos,
y mengua el astro
que antaño te guiaba y hoy parpadea,
como una ola que ya cesa
y te deposita en la playa
—concha vacía
y hambrienta de sepultura.

Mas lo peor no es apagarse
(al cabo, todo lo hace), sino perder
la compostura, gritar, doblarse
en un gesto aciago y sin cordura,
pues quien llora porque ocurra
lo que tiene que ocurrir de todos modos,
ni conoce el consuelo de los sabios
ni merece la esperanza de los locos

(tan grande es su condenación).

PRESENCIA AUSENTE

Miro y remiro la cuadrada
evidencia, y no consigo
extraerle la sal a esta conciencia
de estar delante y poder verla
tal como la quise siempre:
lisa, tangible y clara.

Tendré que acrecentar la equidistancia
o, en su defecto, ponerle un filtro
para tener por fehaciente
lo que a duras penas admito
con esta frente tan palmaria
—fraude, estafa, timo:
presencia ausente.

DESEO AJENO

Sol
que emerges
por el lado equivocado:
date la vuelta.

Astro errante, luz
a la que las paredes espantan
por su abundancia de reflejos:
corrige ya tu dirección, y reanuda
de nuevo la singladura
por los raíles de mi mano
(superficie plana en que hallarás
la paz que ahora te falta).

Rey: sé tú mi esclavo
sólo por este día
ralo, mate, espectral
en que no puede ocurrir nada
que no haya ocurrido ya.

Oh, tú, jerarca:
desciende hasta este altar
que he llenado de flores, y cumple,
por una vez, deseo ajeno.

OSCURIDAD

Ya sólo hay lo que hay, sin más
resquicios por do la luz se desbordara,
sin alquimia de los huesos en un polvo
especular de efímeros destellos.

Ya todo está presente, y es obvio,
y se consume en un plano transversal
de instantes romos sin tacha ni falta,
masa sosa, lisa y sin agüero

—ese polo neutro de la sustancia
en que se volcaba lo esencial.

Ya el mundo es mundo tan sólo.
Ya los astros se apagan.
Ya no saldré de este agujero.
Ya viene la oscuridad.

PERSPECTIVA

¿Nunca te ha ocurrido que desearas
alejarte, no por estar en otro lado,
sino para contemplar con nuevos ojos
—remotos y alborozados—
el lugar donde te hallabas
sin poderlo divisar, de tan cercano?

¿No has sentido en el flanco
la espuela de la perspectiva
azuzar ingrata contra la calma
sencilla del hogar, pidiendo años
para amar lo que tenías
y, por cercano, despreciabas?

Si no es así, y eres capaz
de apreciar lo que tienes en la mano
y tu edén es la mañana
que repite melodías consabidas
desde tiempo inmemoriado

sabe disculpar
esta mi apología rancia
de quien no vive si no es matando
por ignorancia
lo que le da la vida

(el resabiado).

OTRA PIEL

No es otra piel, lo que yo necesito,
mas que la piel de todas las mañanas
—esta piel ahora reseca, tensa, falta
de elasticidad— vuelva a rodearme como abrigo
en la tormenta, y a mi cuerpo se ahorme:

que cese pronto
esta distancia insomne
entre yo y mi yo más caluroso;
que el fuego arrope
mi osamenta, y el oro
fluya de nuevo por mis venas
(caños rotos
por donde corre ahora el cobre,
arena y lodos).

Es esta vida, la que quiero:
no más allá,
sino hacia adentro.

ESPACIO EN U

Espacio en U:
abierto desde el suelo hacia el cielo,
cerrado desde el cielo hacia el suelo.

Así, el mundo,
la vida y tú.

DESTINO DE LA ENERGÍA

Esa fuerza
descomunal de la tierra
cuando asciende desde su núcleo
ígneo en busca de luz,
luego se desparrama
miserablemente
al salir a la superficie:
su aura la malbaratan
el aire y la molicie
del educado ciudadano,
si le otorga algún sentido
o le halla ocupación.

Quedará oculto su destino
de energía innominada
que refluye hacia el sol.

RECOMPENSA

La concreción de los zarpazos
en un rostro, en una solera
de atributos de panas y de pan,
no es la menor recompensa
para quien retuvo con los años
sólo el tacto de la espera
de su propia intimidad.

FRAGMENTOS DE EXTERIOR

Fragmentos de exterior, los que conoce
el ojo avizor: sin tacha ni falta,
él se redime en su perfección
cuarteada
por el frío de la noche.

COLEGIALA

Te miro como se mira
a las estatuas del parque,
con ese desapego en llamas
ante la clásica forma fría:
ajena e inconciliable
al tacto no abusivo, pasas
con tus faldas asesinas
a la caza de un aparte.

Por mí, monina,
tú no has de inquietarte:
yo ya sólo ensueño en casa.

HUMO

Lo peor no es el fuego
Lo peor es el humo,
ese humo negro que lo impregna todo
de un orín más hediondo
que la más hedionda de tus pesadillas

Lo peor no es el fuego, porque las llamas,
las llamas curan,
lavan, purifican toda herida
y dejan los campos listos para una nueva
plantación

Pero el humo,
¿cómo harás para evitarlo —el humo,
maldito rayo sin mañana—
e impedir que malbarate la esperanza
de una vida más alta,
de un giro a mejor

en este angosto camino hacia la salida?

LUNES DE NIEBLA

Con el lunes llegan
los martillazos puntualmente a las ocho,
el rugido del autobús, la caterva
de niños que vuelven a prisión,
la sensación falsa de amplitud
de todo abierto de nuevo
(el mercado, las tiendas
de todo a cien, el ataúd
del Estado y la biblioteca),

en fin, la cadencia
habitual e impenitente

excepto por la niebla
que se extiende hoy
por todos lados
y que dice que no, que no,
que desde ahora todo será diferente
—liso, informe, sin definir,
promesa del día cero:
todo cerrado
y por abrir de nuevo.

FULGURACIÓN

Vista y no vista, la fulguración
de mis entrañas, yo pude deducirla
de un reflejo apagado por el sol
por donde el tiempo discurría

—por el techo recién pintado
por la pared acabada de encalar,
por el suelo, por la tierra…
el alcantarillado…
el mar… el mar…

QUEDAN ESPERAS

Aún tardará en aparecer
la rauda presencia de tos y de sonrisas:
queda tiempo, hasta que el pozo
oscurecido de las albas se ilumine
con un cuerpo y una disposición
esquiva al desafuero.

Hay horas
todavía por en medio,
entre este cazador
y su inútil presa desfasada,
lábil y descontentadiza,
para la que la piel no es suficiente,
ni el betún, ni los batines raídos.

Quedan esperas,
si lo que esperas
es la nueva conciliación
del impulso y el retazo:
para el estrago también
los años mueren en vano.

OJOS

Ojos, dadme el contorno
exacto de las cosas,
que de su aura informe
ya se encarga,
apetente,
la razón.

NO HABLE CON ELLA

No hable con ella.
Es más: no diga nada.
Ni a mí, ni a nadie.
Guarde silencio.
Mire que las palabras
perduran en el aire
convertidas en madejas
de incalculables efectos.

Y a ella, la medio muerta,
manténgala acallada
también, que no hay desastre
mayor a oírle al Verbo
su tétrico mensaje
de una boca yerta
y sin apenas alma.

ESCORIACIÓN

La escoriación
antigua desprende, con la luz
rasante de la tarde,
un fulgor
como de nueva amanecida.

AVENIENCIA

No es la razón
lo que me doy, ni lo que tomo
del árbol de la experimentación,

sino aveniencia
del tiempo como ensueño
en pleno ojo de ver

lo que hay en lo que no.

MAÑANA

Con la niebla,
el búho y la campana,
tiene maneras
de bosque esta mañana
(¡ay, esa niebla!)
metropolitana.

QUE NADIE ME VEA

Que nadie me vea:
que mi apariencia sea
la de los entes informes
—sutiles, adaptables y
contentadizos
sólo por fuera.

Que mi imagen permanezca
oculta ante los hombres,
y yo me quede (huidizo,
blando y transformable)
completamente al margen:

agua de río,
metales nobles
o cera de abeja:
ausencia
afable
y no frío.

DESIERTOS

En estos tus desiertos
calcinados por el sol
yo sueño con el hielo
de la noche sin fin:

para ti tumba oscura,
cuna de nuevo para mí.

PASÓ LA HORA

Pasó la hora
de la ola acrecentada
por las tablas que,
surcándola,
la enardecían:

ya quedó el agua
en su propia medida
encajonada—se apoca
el mar en su escasez
de orilla sin barca
y caña sin pez.

Tendrá que reinventarse,
el agua, la sensatez
o ser la otra: la loca,
la herida,
la transterrada.

COMPASIÓN

Mi pena, con tu compasión
me parece una vela
ahogándose en suelo seco
—leña de una pasión
en llamas, sin ella:
la que no quiero.

AGUA SALADA

En el tramo navegable de los ríos,
el agua dulce acaba devorada
por el agua salada, por el mar
que recula
estérilmente hacia su origen.

ALFOMBRAS VOLADORAS

Volverán las alfombras a surcar
los cielos a ras de suelo: ligeras
y airosas, evocarán los vuelos
insólitos que al alba hablaban
de otros modos de mediar
entre el estatismo de acá
y el movimiento de cualquier otro lado.

BORBOTÓN

Borbotón
el de mi mano embriagada
por la corriente matinal
que anuncia el alba
rediviva por entonces.

Avenida
sádica y fecunda, la que advierte
tu aguja de tabular movimientos
de tierras bajo los pies:
ella perturba las esperas
y las subvierte en camino
por landas aún no desbrozadas.

Desbordamiento, el colofón
de tanta infamia artificial,
de tantos huecos
tapados a destiempo y con la prisa
de quien se sabe perdedor
contra lo que no se contesta.

Explosión: salida a la luz
del nacimiento como forma
ultérrima del desaparecer.

DÍA LARGO

Día largo
por delante de aguas
largas por detrás

—como estela de un cometa
que trae noticias de allá,
su abrevadero.

LLUEVE

Llueve.
Llueve mojando.
Moja empapando.
Se empapan los campos
y su soledad decrece:
pronto les acompañarán
amapolas por el verde.

EL OJO Y LA MANO

Mano a mano
titánico el que libran,
el ojo, por un lado,
y la mano, por el otro:
ambos porfían,
ésta por el folio de oro,
aquél por el libro dorado.

Mi vida está tranquila,
con estos dos soldados
cuya pericia no ignoro:
en su afán yo reconozco
una implícita armonía
—donde esclavo es el odio
y el amor, único amo.

SOSPECHA

Abrir el grifo y preguntarse: ¿agua o licor
envenenado por la sospecha
de una intención segunda?

Rasgar los velos e ignorar
lo que aguarda detrás: hartura
de lo evidente o enésima quebradura.

Vivir en la incógnita permanente
y no quejarse: que hay más dolor
en lo conocido sobradamente

que en lo que aguarda la sepultura.

TODO ES SOPORTABLE

Todo es soportable
porque todo pasa y muere o,
en defecto de consuelo, te devuelve
la imagen dulce de tu caducidad

en las venas rotas

el vientre reventado

o la cabeza en el asfalto

y tu cuerpo recién estrellado
y el testigo que no reacciona
y la ambulancia que se demora
—demasiado tráfico—
y tú que ya te has ido, conciliado
nuevamente con la fuerza
que te obligó a nacer y que ahora,
compadecida,
te acoge de nuevo.

LAS LUMINANCIAS

Las luminancias,
yo apenas las quiero
tras muchos días con lluvia
y lodos oscuros y depauperación:

luego, con la avenida
cotidiana de las hojas, casi prefiero
—noctámbula en plena mañana—
la malvasía,
el secreto a cubierto,
la clandestinidad.

MANCHAS DE ESENCIA

Manchas de esencia
floral en el desierto
blanco: se mezclarán
lo oscuro y lo puro,
la realidad con el deseo
de la verbena real—
la que yo quiero, ésa:
la flor del espectro,
la sensacional.

ABULIA

Pensar en hacer algo,
y hacerlo:
¡qué ordinaria bajeza! Yo en cambio
prefiero
prometer y no dar, demorarme
en los encuentros de a diario,
querer más y más ancho
el espacio entre las aes:
andar… atreverse… aspirar…

Lo habitual es abreviar
las esperas, darse
prisa, matar el blanco
que se abre bajo el tiempo
si te niegas a avanzar,
a marchar hacia adelante
sin mirar a dónde vas.

Sin embargo, yo propendo
a extraviarme en el fango.
Habiendo nacido para nadar,
me inclino por arrastrarme
y por propia mano lo hago:
por cansarme
la vida, por mirar
y no encontrar nada a mano,
sino lejos,
a distancia de mi esfuerzo.

Por abulia, cultivo el marasmo;
por aburrimiento,
quizás,
yo vivo en vano.

BASTA

Basta una levísima torsión del pensamiento
(un mirar más atento hacia el agua
que hacia el lecho del río de lava)
para que de los rincos desafectos
manen promesas, y no esa condena
de tener que arrancarle sal a la mar,
viento a la peña,
luz a los desfiladeros.

Basta un querer ser, y serlo
al sol y entre las nubes:
basta un asentimiento
y de la ubre fluye
el licor que has de beber,
ayer tormento.

Basta con abrazar nuestra inmunda
o fecunda circunstancia para alcanzar
la luz que todo lo irradia, ese candor
de sentirse dulcemente rodeado,
o la blandura
de pertenecer y querer
que así siga siendo.

Basta con bastarte lo que hay,
y quererlo pleno y suficiente,
para extraerle el sentido que ya tiene
pero tú —eterno insatisfecho
que por la sabana te pierdes—,
ciego, no le atinabas a ver.

Basta con que sea lo que es,
y que lo sepas, para acallarse
el chirrido de los grillos en tu frente
y devengas
uno con lo que no se acaba
pues, sumiso a su destino,
consigo mismo se basta.

AGRAVIOS

De los juveniles agravios
que quede
esta interna apostura, este ser
para adentro tan sólo:

sin rémoras ni apreturas,
que de su acopio
de aguas y de sal, se lleve
el tiempo el relicario
y a mí me deje la tersura
en esta playa—final
de los principios todos,
resplandeciente
locura, sapiencia original.

LA CLARIVIDENCIA DE LOS SIGNOS

La clarividencia de los signos
—pájaros que alzan el vuelo
sin moverse siquiera
del posadero— es un don,
es una gracia que requiere
colaboración activa del usuario:
un abandono,
una entrega,
un no entender nada
en ocasiones,
un hartazgo tal vez…

DESTILACIÓN

Todo ese rencor
que pudo haberte envenenado, lo destilaste
como hielo que aguarda su primavera:
ahora lo bebes
a sorbos cada vez más acuciantes
y, tal que un magma o un hervor,
sientes cómo refresca,
emoliente,
tus cavidades.

MADERA Y AGUA

¿No es un milagro que la madera sea
un prodigioso aislante natural, ella,
que comulga con todo y a todo responde
con ágil reflejo felino? Pues no en vano
hay maderas resinosas, y secas, y blandas,
y duras como piedras de afilar cuchillos,
siempre de acuerdo con el contexto
que las cincela y madura.

Es como el agua, la madera: otra sustancia
que se adapta a su entorno
para que éste permanezca fuera,
en su lugar: sin mezclas,
y al otro lado.

L’IMPORTANT C’EST DE RÊVER

Nada me ha de ocurrir
que no haya ensoñado antes:
lo que pasa por fuera,
pasa sin mí,
y no es importante.

CASA SIN TECHO

Casa con techo
voladizo, de alas
desplegadas de abajo a arriba

Hogar extremo,
morada rara
donde la ausencia brilla
y no hay lugar
para el ancestro
cuyo lar ya no reclama:

a la intemperie se confía
quien se libra de heredad.

CONTORNOS

Una luz insospechada
Un breve resplandor
en la playa sumida en sombras bastan
para que a la noche se le perfilen
sus preciosos contornos de esmeralda.

LA IDENTIDAD

Los que se contienen
habitualmente
y los que se derraman
tanto si encarta
como si no, comparten
cierta incomprensión
respecto al arte
de estar:
que unas veces
se va y otras (las más)
se vuelve
adonde uno ya estaba:

así, la identidad.

VÓRTICE

Si yo emerjo, si consigo aparecer
de nuevo dentro

—allá donde me estaba
sin yo saberlo,
porque así lo quise
y lo di a valer—

será por ti,
el vórtice oscuro,
por quien he de verlo.

ESENCIA LÍQUIDA

Como una gelatina es
la esencia líquida:
maleable, se adapta
a toda forma, pero rechaza
desbocarse.
Ella adora los canales
—vías por las que la densidad
circula y se muestra
dulce la horma,
consuelo para navegantes.

EL ENTUSIASMO

El entusiasmo
de ir escribiendo y de saber
que ahora sí,
que el viento sopla
y las velas se inflan
y la marea me conduce
hacia el puerto flotante
que se revela,
muy raramente,
en alta mar…

EGO SUM

“Todos los días, yo soy
yo, pero ¡qué pocos días
yo soy yo!”

J.R. JIMÉNEZ, Eternidades, 56

Yo soy yo
cuando me voy
y, al alejarme, me borro
por estar donde no estoy
y marcharme adonde sobro.

Yo soy yo,
estrictamente,
junto a la fuente
de la que mana el chorro
de lo que no hay,
ni hubo, ni puede haber
(ni en el cuerpo,
ni en la mente).

Yo soy yo cuando me aboco
a la contemplación
de mi ya-no-identidad
en el oro
y en la sed:

lucidez
de no participar
ahora ni siempre,
y no ser yo,
y verlo todo
desde el lado remoto
donde no he de estar
y al cual ignoro.

LÍNEA DE FLOTACIÓN

1

Este buque
pequeño de mi cuerpo
tiene, sin embargo,
una amplia línea de flotación.

En ella se agolpan
colonias enteras de promesas
no atendidas, sombras
de lo que pudo ser y no fue,
ambiciones inconcretas
que tal vez vengan a ser
postergadas nuevamente,
quimeras, sueños, inventos
de una mente enfebrecida
por estímulos externos,
detritos de mi vida pasada
que de pronto reverdece,
fiebres pueriles en plena vejez,

gestas,
ya ven, por completo imaginarias
que me habitan por dentro y que convierten
mi ser inestable en una barca
a salvo del naufragio y de la hez.

2

Sólo unos instantes sostiene
el poético hombre-bala su gran salto
entre cadena y cadena.

Por un momento, se diría que carece
de conexión ninguna con la tierra:
tan sublime es la parábola que describe
su cuerpo en el espacio,
que a todos, de súbito, nos crecen
dos alas en la espalda.

Olvidamos (ni que sea
en un mágico segundo feliz)
que si vuela es porque, mucho antes
de empezar a ascender, él había bajado
hasta el vientre mismo del cañón.

Su atentado a la gravedad
es, en realidad, una retribución.

3

La fiebre del fiasco
se complace en proceder con sumo escrúpulo.

Primero, lamina los pies
del ensalzado (por boca propia
o ajena, la condena no varía).

Luego, asciende por las piernas
y se ceba en las rodillas, esos puntos
de inflexión del movimiento.

Sigue así pelvis arriba,
petrificándolo todo y convirtiéndolo
en polvo, agua y arenisca mezcladas.

Como gangrena continúa
la putrefacción por los riñones,
el hígado y las vísceras
vitales para el sustento del cuerpo,
y ahora fijadas
en una inmovilidad macabra.

Después, el cangrejo
infame se apodera del plexo solar
y los pulmones y el corazón
(a la víctima le respeta la cabeza,
para que pueda seguir observando
el alcance de la devastación).

Cuando alcanza la coronilla
—sede conspicua de lo más cierto
del ser, picuda emanación en la luz—,
ya la existencia ha devenido
una vil caricatura de sí misma:
si ve, es sólo ruinas;
si oye, es la inmersión
del espíritu vencido en la nada
permanente y victoriosa.

La inane criatura se incorpora
a la gloria ampulosa del Creador.

4

Palabras mías no solicitadas
por nadie, y de dudoso uso:
salid al encuentro de quien os oiga.

Decidle que aquí se le espera
con las luces encendidas y el agua
corriendo en la acequia.

Si percibís cierto aire de atención
en el oyente cautivado de improviso,
contadle también lo siguiente:

que hay comida de sobra en la despensa,
algún juego de mesa y doce sillas
(una por cada vicio capital
y el resto, para el apostolado).

También le guardamos algo de guiso
del cordero que ayer fue sacrificado.
En el caso (probable) de no comer carne,
le coceremos una olla de garbanzos.

Hacedle saber, por fin, que se le quiere
(si es que quiere) ofrecer un homenaje
por su interés en venir a visitarnos:

nada serio, una fiesta con gitanos,
vino de jerez y aceitunas de la tierra.
Somos pobres, pero hospitalarios.

La cuestión es poder comunicarle
con un gesto humilde, aunque claro,
lo mucho que se agradece su presencia
en estos remotos lares sin gente.

Que es muy sosa la existencia
que lleva día a día este ermitaño,
ajeno al consuelo que conlleva
la práctica del culto mariano.

5

Faltas
aquí y ahora.

Por tu desorden
sin nombres conocidos.
Por la exactitud de tu ataque
contra lo que no hay.

Por dar a valer
lo que nadie sabe,
o se ignora a conciencia
(culpable anuencia
la del cómplice que mira).

Por iniciar una reyerta
en cada mirada, en cada afán
por acercarse hasta tu frente.

Por existir al revés
de la corriente y enderezar
los múltiples caminos equivocados.

Por imponer la medida
de tu ser a todas las cosas,
sean o no criaturas tuyas.

Por negarte a la caída.
Por rehacer a cada instante
el mismo camino, una y otra vez.

Por luchar contra los elementos.

Por ir directa hacia el desastre
con la boca abierta y los brazos
extendidos de par en par.

Por llamarte como te llamas
y olvidarte de mí, que lo cuento
poco antes de marcharme
en línea recta hacia el infierno.

REGRESO A LA TIERRA DURA

Todo está oscuro

Todo está oscuro
Todo es feo y huele mal
Todo muestra su lado peor,
el más insano: el de las infecciones
por ausencia de contacto

Todo se transfigura
en lo que no es, pero se me aparece
bajo el influjo de la pena
(o, peor, la indiferencia:
ambas son, en realidad, sólo una)

Todo resulta
más bajo de lo que se cree
en su ingenuidad el dichoso,
el conforme y acorde con todo
—sea cual sea su altura real

Todo me hiere
con su belleza exterior
a la que yo, aislado por arriba
y por abajo, no puedo llegar

Todo me devuelve a la vileza
de un estado prenatal,
cuando aún no sabía de las fuentes
de cristal de fuego y de la vía
certera hasta la unión
—de mi anhelo y su motivo,
de la luz y del color
en un prisma transparente

Todo regresa
a la informidad inicial,
esperando o descartando
(ya no sé, y esa es mi hambruna)
la mano que lo ordene o,
en su defecto,
le dé la extrema unción.

Plegarias no atendidas

Plegarias no atendidas:
las que formulé al genio de las voces
que hubo tras los nombres, quizás
un día, pero ya no

Rezos obscenos: los que elevaba
al órgano positivo de la diosa,
o a sus teclas maquínicas, o a su amor
inconsecuente por lo anodino
(todo es lo mismo frente a la rambla
de pus y de detritos que yo no represento)

Imprecaciones locas, mudos
reproches que no se elevan
ni hacia el cielo, ni hacia el infierno:
la horizontalidad es esta tumba
en la que ahora yacemos juntos
tu letra y mi espíritu muerto,
formando una argamasa de savia
seca y humus petrificado.

Súplicas, recursos y apelaciones
a diestro y siniestro de la balanza
que todo lo sabe y todo lo ve.
Ella, hoy, no se va a pronunciar:
la burocracia no es su fuerte.

Avalancha de papeles contradictorios,
desbordamiento tonto de dimes y diretes,
pleito sin reo, o con abogado lelo:
es lo mismo penar que ser absuelto
en este proceso a mi inteligencia cero.

¿Cómo pude ceder al atractivo
rotor de picar carne? ¿Por qué me dejé
la piel en el empeño de hacer virutas
del tronco viejo de mi voluntad?
¿Soy bobo, o tan sólo el enésimo barquito
que naufraga ante las costas de una mujer?

(Esta pregunta no tiene contestación;
por una vez, quien responde soy yo).

Hambre de pan

De la gran hogaza
de la pan que es tu amistad
recién cocida, sólo me das
apenas unas migajas:
tal o cual bella palabra,
cierta cordialidad
sumamente civilizada,
un guiño caedizo al azar,
en fin, apenas nada
que no des a esa que pasa
o a aquél que quedó atrás.

Y es que yo, cuando amasaba
mi harina con tu agua y tu sal,
en secreto ensoñaba mucho más:
mordiscos y dentelladas
de artística voracidad,
nuestras mentes masticadas
con gran apetito intelectual,
cierta clase de fraternidad
hipnótica y cargada
de prodigios que admirar.

No, por cierto, esta esperanza
que sostengo en soledad,
mendrugo seco de una barra
que conservo congelada
contra el viento de la verdad
—el que musita que no hay tal,
de esa carne consagrada;
que tu hostia es sólo humana
y no me puede alimentar.

Los espíritus invictos

Caído antes de entrar en batalla
Herido sin haber cargado el fusil
de las salvas y los vivas a la paz
Maltrecho por el peso excesivo
del escudo y el chaleco antibalas
Sangrante, magullado, incapaz
de dar un paso sin cojear, bizco
por el fuego cruzado, que no hostil
(los soldados son amigos entre sí
cuando se empiezan a disparar)
Hecho un guiñapo, opto por morir
como mueren los espíritu invictos:
insumiso al servicio social y civil,
sin herencia, desahuciado, ficticio
y sin prole alguna en la que testar.

Gesta poco gloriosa

“It’s all over now…”

No tuvo nada de glorioso
—ni fue una excepción a la regla
que ahora conozco— tu sutil empleo
de mis palabras como plumero
de esa lengua tuya llena de polvo.

No fue una gesta para los anales
ni me siento especialmente orgulloso
de haberle arrancado una chispa a tu pedernal
romo por falta de engrase, o por usarlo
en funciones equivocadas y cafres.

No es algo que yo vaya enterrar
como un tesoro, ni que me complazca
en absoluto, ni de lo que pueda jactarme.

Así como no se vanagloria la llama
de quemar todo lo que se le pone delante,
yo tampoco soy responsable de los daños
que te pueda causar en justa venganza
por el estrago que me causaste.

Ni soy el héroe que pensabas,
ni voy a mostrarme magnánimo:
si tú actuaste como una dama,
yo te correspondo como el mercenario
en que me convirtió tu epatante
desdén de gran estrella dramática.

Quien la hace, la paga:
la pena por farsante
es la ausencia de escenario
y de una claque que te aplauda.

Regreso a la tierra dura

Vuelvo al agujero, al hoyo
del que nunca debí salir
—excepto transformado
en árbol con profundas raíces
o géiser de agua caliente.

Regreso a la tierra dura,
al pavimento incontestable:
de aquí sólo me levantaría
para andar con las dos manos
o, mejor, cabeza abajo
(como el antípoda que soy
respecto a lo que me rodea).

Me precipito sobre los sitios
que acogen a los acróbatas
y al desahuciado: las fundas
usadas, los envoltorios sin luz
pero con aromas, el contenedor
de mi vida carente de brillo
(pura lata de hojalata,
como quiso Juan Ramón).

Para que lo sepas, lo digo:
duermo en el suelo
helado de la noche.
Si no sigo cayendo
por debajo y aún más abajo
es para que tú puedas pisarme
sin pringarte los zapatos.

SE ABRE OTRA PUERTA

1

Paso al texto franco, a la palabra
desencadenada que quiere salvar
y ser salvada.
Vía libre al discurso oscuro
que desprende chispas
y todo lo inflama.
Puertas abiertas, que llega
el fárrago del verbo arrasando
los cálculos del escriba.

Que caigan las murallas
que contienen los asaltos
insistentes de la parábola.
Que la metáfora
circule, y el tropo haga
considerables estragos.

Empieza la batalla
que los símbolos libran
en cada cruce.

El copista
ya tomó posesión del cargo,
y transcribe.

2

Huele a naranjas
en mi cuarto color de guano
seco: es el quemador
y no la esencia, el que ahora aclara
los perfiles olvidados por el vaho—
es la anuencia del digitador
insomne, y no la rala
ascendencia del pasado
(carente de color:
llama apagada).

3

Y ahora que otra puerta se abre
y ruedan las poleas y el carruaje
de la princesa echa a cabalgar,
caes
en la cuenta del estiaje
al que el río se vio sometido.

Hoy, tú das al agua
una sola dirección:
la que la pendiente del valle
le quiera libremente otorgar.

4

Así como Narciso se abocaba
al estanque buscando su propia imagen
y halló tan sólo la de su difunta hermana,
yo también he roto los espejos
para encontrarme con el cristal.

Hay vida al otro lado,
y mueve las manos.

5

Una luz en la niebla
hacia delante y hacia atrás
lentamente se bambolea.

Avanzan las barcas
sin hacer apenas ruido:
unas, hacia la playa;
otra, hacia el olvido.

Igual de serenas
me parecen desde la atalaya
del estuario del río.

6

Entre dos escaleras
(una, que conduce a la azotea
y la otra, a la catacumba),
el moribundo elige
conscientemente la segunda.

Llegados a cierto punto,
todas las brechas
le parecen tumbas.

7

¿Qué última ocasión,
qué oportunidad postrera,
busca en el pajar
el globo hinchado?

¿Tal vez ser penetrado
sin inmutarse siquiera?
¿La constatación acaso
de su nueva inmunidad?
¿O es el aire
que contiene en su interior
quien desea liberarse
y, como un vendaval
al barco esclavo,
le impele hacia el desastre?

8

No quiero que me hagas volar:
me conformo con que me des alas.

9

Ininterrumpida es la lluvia
que cae sobre ti, y no te empapa.
Resiste al agua la angustia.
Moja sólo a las plantas.

10

Escribo, luego vivo
—aunque sea con astillas
arrancadas a un tizón
ya consumido,
aunque sea con dolor
retenido, y con bombillas.

Leo, entonces creo
en la existencia del otro
a quien no veo:
que su irrupción sea
(en mi crepuscular
retorcimiento)
tan violento como quiera.

Yo ya tan sólo pienso
en la inminente oscuridad.

11

“Un estado concluye y el otro comienza,
y la sucesión es tal que casi se puede decir
que nada precede y nada sigue”

(Milindapanha).

LA PATINADORA

La patinadora

En cuchillas que no sajan
sino que se deslizan,
van abriéndose sus alas:
pájaro de fuego
o vengadora escarpia,
la bailarina
libera a su cuerpo de medida.

Entregada
a una especulación ficticia,
su movimiento
circular no conoce los deseos:
gira y gira
como inútil arabesco
sobre la tierra helada.

Pero
no: es ilusión, la inquina
que ella emplea en la acrobacia.
Su embeleso
va más lejos de la fina
elegancia de las hadas.

Es adentro,
adonde su gesto nos abisma.

Timidez de los campos

Con qué pudor
exquisito
retrocede la flor ante la mano
que acaricia sus pétalos
iridiscentes.

Con qué recato
inteligente
se aparta el hibisco
cuyo estambre tiende al sol,
mas no al contacto
(su entrega es aparente).

Con qué divina
contención exhala vahos
de amor la buganvilla.

Con qué inocente
reserva el amaranto
en la mañana florece.

Es tanta la caución
con la que el campo brilla,
que todo me parece

(a mí, el fauno
enardecido por la prisa)

invitación.

Lluvia

Llueve, y sobre la tierra sedienta
no se forman los charcos acostumbrados:
la Gran Boca se la bebe toda
—el agua caída
y la que se ha levantado.

Llueve por el lado contrario
al que yo estoy: no moja
mi piel esta tormenta,
no la fertiliza.

Llueve por fuera,
ahora.
Mi ojo espía
desde el cercado.

Sólo se vive dos veces

Sólo se vive dos veces:
una, a la ida
(distraída,
negligentemente);
otra, a la venida,
como quien vuelve
a beber en la fuente
que una vez le dio la vida
y todavía la contiene.

Nieve en primavera

Nieve en primavera:
inversión de los valles
en la cima congelada,
de los ríos en témpanos
flotando ladera arriba.

Modulación rara
del meteoro incautado
por la brisa.

Atraso suave
de la impaciencia.

Calma herida:
no dan abasto
mis tragaderas.

La exhalación rubia

La exhalación rubia
teñida se planta,
dándome la espalda,
de peras a uvas
frente a mi ventana:

sin pudor me abruma
con su perfil de araña
o de escultura
perfectamente gualda
que, o el amor incuba,
o en visión se encalma.

Mi ambición de puma
quisiera, claro, asaltarla
—pero mi otro yo, el cura,
prefiere la guarda
y custodia de la musa
tras las persianas:

que siga esta procura
de prendas blancas
alborando la mañana,
que de la oscura
satisfacción extenuada
ya inventaré mejor excusa.

Sostén

Un colchón armónico sostiene
en el aire una melodía:

como plumas que con facilidad
alzan el vuelo y se desplazan,
ella conoce también la ligereza,
el sustento de tan imperceptible

sostén.

Música conjetural

Dios nos cría
juntos y somos luego nosotros,
cada uno por su cuenta,
quienes nos vamos separando:
así podemos (el contacto
nos repugna) dar salida
a la energía cruenta,
al anatema,
a la tentación fría
de buscarnos solos,
después, por los espacios
blancos de la tierra vacía.

El Creador nos ama día tras día
pero las criaturas nos amamos
sólo de vez en cuando:
si titila la estrella
que ni brilla ni ilumina,
si ronda el zorro y aúllan los lobos
buscando a sus lobatos,
si el hielo se endurece afuera.
Ese es nuestro peculiar modo
de necesitarnos
los unos a los otros:
tan sólo en el espasmo.

El Cielo nos puso aquí abajo,
sobre la tierra,
a todos apretujados:
luego vino la diáspora lenta,
alejarnos poco a poco,
buscar lo amplio
en parajes remotos.

Sólo una música fluida
(la conjetura del loto)
para arrastrarnos hasta la orilla
de un mar ya desecado.

UNA LLUVIA COMO UNA PROSA

1

Una lluvia como una prosa
deslabazada, informe,
perfectamente al tanto:
cae,
no se precipita.

2

No es del mar,
el rumor que expelen

las caracolas,

sino el eco de tu mente
rebotando en su oquedad.

3

Coches aparcados.
Parecen muertos
esperando la resurrección
de los vivos:

— Fiat, veni foras!

4

Volcado hacia los vientos, mi velero
carece de un motor auxiliar:
su deriva depende por completo
de los hados de la mar

(otra impulso, descartado;
otra fuerza, no lo hay).

5

Un leve traspiés, un patinazo
imperceptible al ojo humano,
condena al soberbio pavo real
a arrastrarse por el barro:

no admite la tara, el animal
designado por lo Alto
para hablar del Ideal
a los hombres cabizbajos.

6

Con pies de plomo sólo se puede
caminar por el fondo del océano:

no dar brincos como los peces
voladores, ni levitar, ni del légamo
arrancarse sin describir las eses
típicas del anfibio borracho…

7

El mensaje que descendió
plausible sobre el felpudo
no contenía en sí mismo la cifra
que lo permitiera interpretar.

Ante las puertas permanece
aún sin admitir.

8

Sobre las huellas que cicatrizan
crece, primero, una piel más recia
y después, ya, una piel más fina.

Sólo ésta se envenena.

9

Un paseo lento
(derivando poco a poco
a lentísimo)
abrío moderadamente
los chorros del oro:

metal noble e infrecuente,
él solo mana
para el pie moroso
y el ojo no asesino.

10

No circulan esta mañana los trenes:
una nube ha descarrilado,
vaciando todo su contenido sobre la vía
láctea de mi inspiración entrecortada.

No hay coches ni caballos que me lleven
lejos del marasmo.

Tras la tormenta de iones, se impone
el cortocircuito de la luz.

11

Se azula el negro de los muros—
se aclara el día en la pared.
Por entre los barrotes presumo
el final para esta sed:
pegotes, grumos
ambages
que en el borde se reclaman
de lo que es y lo que no es.

No habrá para el insomne calma
ni, astuto, para el farsante:
los orates seguirán,
como siempre, el rastrillo de la hez.

12

Torpe amanecer

Reflejos
eléctricos
Ínfulas extrañas:
recovecos

Vacilación
entre ser y parecer

Indigna, la luz
se retira a su guarida

Ya viene el sol…

13

“Mi pensamiento es una sensación,
una máquina que trabaja por sí sola, y sin ruido.
Nunca asume mi nombre, ni depende mí.
Oigo cómo dircurre.
Su silencio no habla, es un murmullo
que disuelve los rostros en la oscuridad”.

J. TALÉNS

EL GRAN RECHAZO

El gran rechazo

Recreando una y otra vez
la ceremonia del gran rechazo,
establezco cierto tipo de unión
medio conyugal, medio fraticida
con el lado oscuro de mi yo:
que los tribunales decidan
si, en el intercambio,
soy la víctima o el ejecutor.

Ruidos de fondo

Ecos de antes y ecos
de después: resonancias
atestando la audición,
armónicos embadurnándolo todo.

Ruidos de fondo
del pensamiento – murmullo
de la circulación de la sangre:
fragor que no se escucha,
pero que arde.

Ronroneo infame
del electrodoméstico,
maullido del buda
riendo sobre el televisor.

Chillidos sordos
de la materia – croar
en una charca de recuerdos:
aleteo poco calmante
para mi adiós.

En la vorágine
con reminiscencias,
yo me concentro:
en el fondo del fondo
(en la otra parte
aislada de todo y de todos)
aguarda el completo silencio,

late que late.

Columpio

En el balanceo
sutil entre lo casual
y lo premeditado,
ignoro si la visión
contó o no con responsable.

En la vibrante
oscilación de lo real
y lo absoluto imaginario,
risueñamente
yo me columpio:

que la tierra abajo
prosiga sin mí su asfixiante
concreción inmaterial.

Conmemoración de la ruptura

Conmemoración de la ruptura.
Vitalidad segunda en un cordón
que es la visión de una sutura
mantenida con aire artificial,
con agua y jabón
que no lavan, pero brillan.

Tiempo sin musa,
estéril reedición:
la vela, la proa, la quilla.
En seco no navega el trimarán.

El prisma o el rayo

La extensión de terreno que cubrías
súbitamente de un zarpazo
en la primera luz, ahora lo vas ocupando
por todo el espectro cromático.

No está claro quién ha salido ganando,
si el prisma o el rayo.

No es seguro que, en la dilatación,
y contra toda lógica material.
no aumente también la profundidad.

Geometría

Un rectángulo apenas
—una figura geométrica
más ancha que alta:
un vestigio para enanos
o gigantes sin piernas—

Un círculo de ramas
o un precario
triángulo equilátero
con las puntas indecisas

Un eje de abcisas
Una ecuación,
¡sí, una ecuación
que sirva de cimiento
o de techado
al espíritu que vibra!

Una evidencia
vacía, sólo requiero:
como a vasija
de barro la llenaría
con mis lamentos—
como al ungüento
lo aplicaría
sobre mi piel.

Nigromancia

Vierto mi humedad en un pañuelo
que no lleva mis iniciales.
Lo lavo, ese pañuelo, con un agua
cuyo origen desconozco, y sueño
que, frotándolo, le extraigo
su esencia anónima y conciliada.
Enjuago con cuidado sus manchas
antiguas, y en el acto de sacarle
la blancura que en su seno atesoraba,
le reintegro su plena condición de amo:
dignidad no ha de faltarle
a la materia que a sí misma se alcanza
en las manos del nigromante.

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QUIMERAS

Ambiciono una quimera
si es posible arborescente o,
en su defecto, que no se pueda talar:

un gran ensueño redondo
con salidas por todos lados:

una entelequia
del pensamiento al contactar
con los siete sentidos capitales

una ilusión, un espejismo,
un desorden de la sensibilidad
exacerbada por el pensamiento

un signo ambiguo
que no diga nada y todo lo permita
adivinar

un gesto remoto
un guiño amigo
una obsesión:

el rango exacto de la charada
al mutar en fundamento.

TODO AL CERO

Todo al cero,
al valor mínimo
de donde todo bebe
y adonde todo vuelve

Todo al misterio
de la luz blanca y redonda,
leche primaria en la que veo
condensado el tiempo que no hay

Todo a la nada
informulada, a la inconcreción
que mañana ha de germinar
en nuevas formas transitorias,
en cortes, en heridas
que sanarán al amanecer,
cuando ya no se recuerden

Todo a la muerte, que se anticipa
con cada apuesta desquiciada, y abre
insólitas ventanas en la pared
del matadero

Todo en todo arriesgado, permanece
nada en nada superpuesto
—como la sombra, como la sed :
constantemente.

INCONCRECIÓN

Ser llevado,
sentirse llevado, y trasladarse
a lomos de una centella
—de la ocasión refulgente
en la que todo conmina al abandono,
a soltar, a oponer,
a desgajarse de uno mismo e indagar

la vasta inconcreción del porvenir.

EL SOL DE LAS OPORTUNIDADES

El sol de las oportunidades
Siempre este peso
pegado a las entrañas
o a la espalda—una joroba
que no impide caminar,
pero que lastra
mi paso o su donaire.

Siempre los fardos
menguándome la marcha
con un retraso de días
enteros respecto al andar
habitual que yo tenía
y ya no tengo
—muerto ambulante.

Cargar, voy siempre cargado
con el bulto de esta espada
que no he de usar,
por mellada
o inútil para el combate.

El pólipo siempre, constante
este tumor: la tara
que, de extirparla, yo debería
destriparme de parte a parte
y sacar —de nuevo día—
mi espíritu al sol,
al sol y a las oportunidades.

LA VISIÓN INSOMNE

1

Aires que se vienen y que van,
brisa inconstante:
por el cielo borran su curso
las corrientes al azar

Aguamarina, fluviales
descendimientos: absurdo
es el reflujo de la sal,
paciente mi gesto amante

2

Los cortes que yo quiero aventurar
en el tiempo, en la montaña
saturada de detritos,
es transversal.

Que conecte las mañanas
unas con otras, esta incisión
que aquí practico:
que nada suceda a nada,
y permanezca la sal
circulando sobre el agua
en suspensión
no coagulada,

de posibilidad ahíto
el vertedero.

3

Me rodeo de poetas
como otro de botellas vacías,
o de monedas
que va a tragarse la exquisita
máquina de la posibilidad.

Sobrevivo en la ficticia
compañía de quien no se conoce
y, a despecho del silencio, oye
avanzar hacia la fría
embocadura de la noche.

Camino lentamente de la mano
de quien conmigo no va:
juntos avanzamos
(oscura singladura compartida)

hacia la visión insomne.

ADONDE NADIE VA

Indolente
prende
la llama en el quemador
(ella sabe
quién arde
y quién no).

Su calor
es el de un sol
impenitente:
no requiere espectador
ni perrito que le ladre.

Su luz, acre
testimonio ausente,
se dirige en procesión
adonde no va nadie.

Que allí se quede,
me digo yo—
penúltima estación
de mi desaire:

espacio repelente
o imposible salvación.

LO SAGRADO Y LO PROFANO

Lo sagrado y lo profano

Es profano
el tiempo de la cosecha:
por eso se concentra
en el otoño,
la estación de los balances.

El tiempo sagrado
es el de la siembra:
de ahí la primavera,
el instante
de las apuestas ciegas y los votos
incondicionales.

Virtudes del azahar

Virtudes del azahar
descendiendo sobre las calles
—cortina redentora del aroma
al contacto con el suelo,
con la ropa anhelante
de veracidad.

Ensalmo en la ciudad:
de la insipidez de antes
a la suculencia de ahora

(y yo, de nuevo, creo).

Las verdades del hálito

Los vaivenes de la recepción
(ruidos, toses, parásitos:
inmundicia que del éter se adueña,
basura espacial) no hacen mella
en la integridad del mensaje:

para el desconocido emisor,
las verdades del hálito
son indudables
—pasajera
aquí la incomunicación,
seguro el abordaje.

Ser de otro modo

Coqueteos: furtivos
atisbos de un mañana
que sólo apetece florecer
(sin ningún fruto).

Insinuación
—presagio de la argamasa
que se demora en su puro
acontecer.

Hechizo
absoluto, esa promesa
envolvente de ser
de otro modo: exacta
indeterminación,
carencia plena.

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SER POR NO SABER

Ser por no saber

Yo, el punto exacto de maduración
de la fruta antes de consecharla,
no lo conozco.

Ignoro la forma que adopta el cadáver
en el preciso instante de cesar de fluir la sangre
en su interior helado.

Por no saber, no sé la contraseña
de acceso al reino que no hay,
ni si en mi palabra vuelan las aves
o el reptil serpentea por el suelo.

Para estar a la altura de los hechos,
yo tendría que hacerme a un lado
y verlo todo desde el afuera de mí,
de mi impaciencia atávica,
de mi clásica precipitación improductiva,
de mi estar remoto en los limbos de la vida,
sin Dios ni amo:

el ojo en la mano
(ni nosotros, ni yo).

TIMIDEZ DE LOS CAMPOS

Con qué pudor
exquisito
retrocede la flor ante la mano
que acaricia sus pétalos
iridiscentes.

Con qué recato
inteligente
se aparta el hibisco
cuyo estambre tiende al sol,
mas no al contacto
(su entrega es ilusión).

Con qué divina
contención exhala vahos
de amor la buganvilla.

Con qué inocente
reserva el amaranto
en la mañana florece.

Es tanta la caución
con la que el campo brilla,
que todo me parece
(a mí, el fauno
enardecido por la prisa)
invitación.

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