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joseluistrullo

REGRESO A LA TIERRA DURA

Todo está oscuro

Todo está oscuro
Todo es feo y huele mal
Todo muestra su lado peor,
el más insano: el de las infecciones
por ausencia de contacto

Todo se transfigura
en lo que no es, pero se me aparece
bajo el influjo de la pena
(o, peor, la indiferencia:
ambas son, en realidad, sólo una)

Todo resulta
más bajo de lo que se cree
en su ingenuidad el dichoso,
el conforme y acorde con todo
—sea cual sea su altura real

Todo me hiere
con su belleza exterior
a la que yo, aislado por arriba
y por abajo, no puedo llegar

Todo me devuelve a la vileza
de un estado prenatal,
cuando aún no sabía de las fuentes
de cristal de fuego y de la vía
certera hasta la unión
—de mi anhelo y su motivo,
de la luz y del color
en un prisma transparente

Todo regresa
a la informidad inicial,
esperando o descartando
(ya no sé, y esa es mi hambruna)
la mano que lo ordene o,
en su defecto,
le dé la extrema unción.

Plegarias no atendidas

Plegarias no atendidas:
las que formulé al genio de las voces
que hubo tras los nombres, quizás
un día, pero ya no

Rezos obscenos: los que elevaba
al órgano positivo de la diosa,
o a sus teclas maquínicas, o a su amor
inconsecuente por lo anodino
(todo es lo mismo frente a la rambla
de pus y de detritos que yo no represento)

Imprecaciones locas, mudos
reproches que no se elevan
ni hacia el cielo, ni hacia el infierno:
la horizontalidad es esta tumba
en la que ahora yacemos juntos
tu letra y mi espíritu muerto,
formando una argamasa de savia
seca y humus petrificado.

Súplicas, recursos y apelaciones
a diestro y siniestro de la balanza
que todo lo sabe y todo lo ve.
Ella, hoy, no se va a pronunciar:
la burocracia no es su fuerte.

Avalancha de papeles contradictorios,
desbordamiento tonto de dimes y diretes,
pleito sin reo, o con abogado lelo:
es lo mismo penar que ser absuelto
en este proceso a mi inteligencia cero.

¿Cómo pude ceder al atractivo
rotor de picar carne? ¿Por qué me dejé
la piel en el empeño de hacer virutas
del tronco viejo de mi voluntad?
¿Soy bobo, o tan sólo el enésimo barquito
que naufraga ante las costas de una mujer?

(Esta pregunta no tiene contestación;
por una vez, quien responde soy yo).

Hambre de pan

De la gran hogaza
de la pan que es tu amistad
recién cocida, sólo me das
apenas unas migajas:
tal o cual bella palabra,
cierta cordialidad
sumamente civilizada,
un guiño caedizo al azar,
en fin, apenas nada
que no des a esa que pasa
o a aquél que quedó atrás.

Y es que yo, cuando amasaba
mi harina con tu agua y tu sal,
en secreto ensoñaba mucho más:
mordiscos y dentelladas
de artística voracidad,
nuestras mentes masticadas
con gran apetito intelectual,
cierta clase de fraternidad
hipnótica y cargada
de prodigios que admirar.

No, por cierto, esta esperanza
que sostengo en soledad,
mendrugo seco de una barra
que conservo congelada
contra el viento de la verdad
—el que musita que no hay tal,
de esa carne consagrada;
que tu hostia es sólo humana
y no me puede alimentar.

Los espíritus invictos

Caído antes de entrar en batalla
Herido sin haber cargado el fusil
de las salvas y los vivas a la paz
Maltrecho por el peso excesivo
del escudo y el chaleco antibalas
Sangrante, magullado, incapaz
de dar un paso sin cojear, bizco
por el fuego cruzado, que no hostil
(los soldados son amigos entre sí
cuando se empiezan a disparar)
Hecho un guiñapo, opto por morir
como mueren los espíritu invictos:
insumiso al servicio social y civil,
sin herencia, desahuciado, ficticio
y sin prole alguna en la que testar.

Gesta poco gloriosa

“It’s all over now…”

No tuvo nada de glorioso
—ni fue una excepción a la regla
que ahora conozco— tu sutil empleo
de mis palabras como plumero
de esa lengua tuya llena de polvo.

No fue una gesta para los anales
ni me siento especialmente orgulloso
de haberle arrancado una chispa a tu pedernal
romo por falta de engrase, o por usarlo
en funciones equivocadas y cafres.

No es algo que yo vaya enterrar
como un tesoro, ni que me complazca
en absoluto, ni de lo que pueda jactarme.

Así como no se vanagloria la llama
de quemar todo lo que se le pone delante,
yo tampoco soy responsable de los daños
que te pueda causar en justa venganza
por el estrago que me causaste.

Ni soy el héroe que pensabas,
ni voy a mostrarme magnánimo:
si tú actuaste como una dama,
yo te correspondo como el mercenario
en que me convirtió tu epatante
desdén de gran estrella dramática.

Quien la hace, la paga:
la pena por farsante
es la ausencia de escenario
y de una claque que te aplauda.

Regreso a la tierra dura

Vuelvo al agujero, al hoyo
del que nunca debí salir
—excepto transformado
en árbol con profundas raíces
o géiser de agua caliente.

Regreso a la tierra dura,
al pavimento incontestable:
de aquí sólo me levantaría
para andar con las dos manos
o, mejor, cabeza abajo
(como el antípoda que soy
respecto a lo que me rodea).

Me precipito sobre los sitios
que acogen a los acróbatas
y al desahuciado: las fundas
usadas, los envoltorios sin luz
pero con aromas, el contenedor
de mi vida carente de brillo
(pura lata de hojalata,
como quiso Juan Ramón).

Para que lo sepas, lo digo:
duermo en el suelo
helado de la noche.
Si no sigo cayendo
por debajo y aún más abajo
es para que tú puedas pisarme
sin pringarte los zapatos.
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